martes, 13 de enero de 2009

Reencuentros

Hace 20 años conocí a Marcela (Ruthy para muchos). Nos conocimos en Wilde, en el patio de la 2 (nuestra escuela secundaria).
Marcela era (y es) hermana de Fabián, mi compañero de 3º a 5º año en el Bachillerato Pedagógico.
Hace 20 años Marcela y Fabián me abrieron las puertas de su casa y su corazón. Compartimos tardes de tristeza y de alegrías, compartimos charlas banales y conversaciones profundas. Compartimos esos años adolescentes donde sentíamos que nos llevábamos el mundo por delante y teníamos mil sueños, proyectos y utopías por delante.
Terminé el secundario allá por 1990 y la vida nos llevó por caminos distintos, sinuosos y distantes.
A principios de Diciembre del 2008 las maravillas de internet nos juntaron en una página dedicada a la que fuera nuestra escuela y fue como recorrer 18 años en 5 minutos...
Marcela me dejó un mensaje en esa página y al otro día estábamos conversando (vía Msn) después de tanto tiempo.
Me contó que hace 12 años se fue a vivir a El Calafate, cuando el pueblo tenía apenas 5000 habitantes. Que era una estudiante de turismo y que no terminó la carrera porque cuando conoció ese lugar ya no pudo volver a vivir en Buenos Aires. Ahora es una más entre 25.000, pero no es cualquiera: es Ruthy, la que todos saludan al pasar... La que siempre tiene una sonrisa para regalar... La que se casó el año pasado con Polli, su príncipe azul... La que tenía un simple dolor de espalda hace un año, que se convirtió en cáncer y que le hizo perder un riñón... La que se sobrepuso con la misma fuerza que tenía a los 16 años y que ahora se ríe y hace bromas con su riñón restante... La que se convirtió en el "Hada del reencuentro" en nuestra primer conversación por MSN.
Con un toque de su varita yo estaba sacando un pasaje a El Calafate y planeando un reencuentro sorpresa con su hermano y otro amigo de aquellos años dorados. Y con un segundo toque yo estaba aterrizando en una tierra soñada, llena de agua por donde mirara y llena de amor por donde sintiera.
Después de 18 años Marce volvió a abrirme las puertas de casa y su corazón... y reavivó la llama de los sueños, los proyectos y las utopías...
Después de haber llorado tanto de dolor durante tantos años, llorar de emoción es algo maravilloso. No hay palabras que describan lo que sienten tu cuerpo y tu alma cuando los abraza un amigo. Así como no hay palabras que puedan describir la belleza de la naturaleza que por momentos te hace sentir como una hormiguita más en la inmensidad del universo.
Quizás con la ayuda de Marcela haya encontrado mi lugar en el mundo, no lo sé; pero sé que cada mañana se hace más insoportable el ruido de los autos en la Avenida Corrientes y que ya no puedo dormir con tele prendida y que me molesta mucho el teléfono de la oficina de al lado que no para de sonar.
Después de una semana de escuchar solo la voz del viento y del agua no quiero saber nada más con los ruidos de esta ciudad.
Seguramente con el pasar de los días mi oído se adapte nuevamente y mi cerebro descarte esa información molesta e inútil del ruido de fondo sin siquiera procesarla. Puede ser que mi cuerpo se acostumbre rápidamente a esta fría realidad (ese frío que no tiene que ver con la sensación térmica sino con la baja sensación humana o natural).
Pero algo en lo más profundo de mi información genética, algo en lo más básico de mis células o mis neuronas me seguirá pidiendo volver al paraíso: a sentir el contacto del agua en los pies, el rumor del oleaje en los oídos, el roce del viento en la piel y poder ser parte del maravilloso Lago Argentino una vez más.

En algún momento que se me piantó una lágrima (como ahora) Marcela me dijo: "Está bien, hay que llorar, hay que decir lo que uno siente, hay que decir te quiero, hay que decir te amo; porque nunca sabés si vas a tener tiempo de hacerlo otra vez". Y eso simplemente es lo que me lleva a escribir esta historia, una simple historia de vida; la historia de una vida que por simple, no deja de ser maravillosa.
Maravillosa, porque además de una historia de amistad, para mí significó convivir durante una semana con una naturaleza que me permitía ver y sentir los tres estados del agua en un mismo lugar: el Lago, los glaciares y las nubes fueron como una sobredosis constante de vitalidad, de energía, de pasión...

Estar parada frente a una pared de agua congelada de 120 metros de alto, o frente a otra de 3 km de ancho, o frente a otra que cuelga de una montaña, es algo que no puede contarse, simplemente hay que vivirlo...

No hay comentarios.: